martes, 23 de junio de 2015

Suspiros edilicios






Su frente.


Me he enamorado de esa casa: son de esas que tienen nombre, y el suyo es La Catalina. La primera vez que pasé por su frente me imaginé en ese parque, entre muchos perros, revisando las plantas, escribiendo estas boludeces en su zaguán. Como está cerca de nuestra actual casa, en ocasiones me desvío de los caminos que habitualmente recorro (para ir al supermercado, a la panadería, a la estación…), paso frente a sus rejas y la contemplo desde el exterior. Siento que nací para habitar ese lugar.

Imagino las diferentes familias que la transitaron como escenario: la cantidad de pasos que habrán recorrido sus baldosas, cuántas veces habrán llorado dentro, qué comidas habrán cocinado, qué sonido telefónico retumbaba, cuántas otros ojos contemplaron su césped, pensando que era hora de darle una cortada.

Parque.

Seguramente yo no la compre jamás; y seguramente quien lo haga sólo aproveche sus “20x50” que anuncia el cartel de venta, y construya allí alguna construcción propia de las “nuevas demandas edilicias”, tan ajenas a la belleza que le ha tocado en gracia. Seguramente quien la compre no comprenda su maravilla ni sus claroscuros. Tal como Donata Suárez, es una diosa pagana hasta cuando va de misa.



¿Cuántas infinitas opciones de sucesos podrían transcurrir en ese fondo vidriado, que en su interior debe sentirse fresco, vegetal y luminoso? ¿Qué ruidos me despertarían de noche? ¿Qué animales se esconderán entre sus paredes? Mientras, sólo puedo respirar su vereda y sumergirme en ella desde la imaginación… No hay nada que hacer: me he enamorado de esa casa.




“Yo la espero aquí callado
Rogando a Dios que me mire.
Siento susurrar al aire
Los pliegues de su vestido.
Sólo me queda en el alma
Su perfume de membrillo.”

Chacarera de Falú y Herrera

No hay comentarios.:

Publicar un comentario