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| Su frente. |
Me he enamorado de esa casa: son de esas que tienen nombre, y el suyo es La Catalina. La primera vez que pasé por su frente me imaginé en ese parque, entre muchos perros, revisando las plantas, escribiendo estas boludeces en su zaguán. Como está cerca de nuestra actual casa, en ocasiones me desvío de los caminos que habitualmente recorro (para ir al supermercado, a la panadería, a la estación…), paso frente a sus rejas y la contemplo desde el exterior. Siento que nací para habitar ese lugar.
Imagino las
diferentes familias que la transitaron como escenario: la cantidad de pasos que
habrán recorrido sus baldosas, cuántas veces habrán llorado dentro, qué comidas
habrán cocinado, qué sonido telefónico retumbaba, cuántas otros ojos
contemplaron su césped, pensando que era hora de darle una cortada.
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| Parque. |
Seguramente
yo no la compre jamás; y seguramente quien lo haga sólo aproveche sus “20x50”
que anuncia el cartel de venta, y construya allí alguna construcción propia de
las “nuevas demandas edilicias”, tan ajenas a la belleza que le ha tocado en
gracia. Seguramente quien la compre no comprenda su maravilla ni sus
claroscuros. Tal como Donata Suárez, es
una diosa pagana hasta cuando va de misa.
¿Cuántas
infinitas opciones de sucesos podrían transcurrir en ese fondo vidriado, que en
su interior debe sentirse fresco, vegetal y luminoso? ¿Qué ruidos me
despertarían de noche? ¿Qué animales se esconderán entre sus paredes? Mientras,
sólo puedo respirar su vereda y sumergirme en ella desde la imaginación… No hay
nada que hacer: me he enamorado de esa casa.
“Yo la
espero aquí callado
Rogando a
Dios que me mire.
Siento
susurrar al aire
Los pliegues
de su vestido.
Sólo me
queda en el alma
Su perfume
de membrillo.”
Chacarera de Falú y Herrera



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