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| Ilustración de Alberto Montt sobre poesías de Vicente Huidobro. |
Algo mareada de un dolor de espalda que evita la retirada, despierto pensando en algo que dije anoche: “ya no estoy de luto”. Y lo digo desde el cuerpo todo, desde una mente aclarada (dentro de los patrones de posibilidad que dispongo) y días en los cuales invento razonamientos para levantarme con ánimo.
En un hermoso libro, Butler afirma
que “Y si hemos perdido [a alguien], se deduce entonces que algo
tuvimos, que algo amamos y deseamos, que luchamos por encontrar las condiciones
de nuestro deseo.” Cuando eso que amamos son los padres (o quienes hicieron las
veces de ellos), pareciera que se produce una sensación ambivalente, en la cual
recordarlos nos da un halo de felicidad, al mismo tiempo que una tristeza
infinita.
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| Ellos. |
¿Cuáles de esos recuerdos me constituyen
como Paola? ¿Y qué otros que quizás jamás recuerde conscientemente y que, sin
embargo, estarán aquí, en mi cuerpo emocional, siempre presentes? No es que
quiera recordarlo todo (no creo que sobreviviera a ello), sino que no puedo
evitar pensarlo, como una esquina oscura en la casa a la que, sin encender la
luz, nos acercamos para develar.
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| Su letra, encontrada en un papel entre libros. |
A pesar de que hace tiempo han
muerto, ayer me experimenté a mí misma, por primera vez, como de no-luto. Y
siento un dolor más tenue, asociado a la felicidad que me produce recordar a
los dos adultos que de niña me protegieron como una hija, sin serlo. Supongo
que ahora me daré otras oportunidades, y que serán otros tiempos. Lo comparto
con ustedes.



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