lunes, 8 de junio de 2015

Crónica de una tarde hacia Fernando Cabrera

Jueves cuatro de junio de dosmilquince. 

17.30 pasadas. Salida de curso al que por primera vez desde mi estadía en Buenos Aires lamento haber ido. Nos miramos con Natalia (otra de las víctimas) y coreamos un cierto “ahhhh” de desaliento e indignación. Ello me trae recuerdos de Capusotto y un sketch (dioses, ¿se seguirá diciendo así?) de un hombrecillo con cabello peinado de un modo peculiar que no podía decidir desde las cosas más comprensibles hasta las más nimias. Dado que no hay relación entre mi caso y el hombrecillo de extraño cabello, me pregunto si acaso no tendré yo alguna cuestión que no pueda decidir –más allá del curso, claro. Pienso en una serie de cosas (tengo cierta tendencia a pensar muchas juntas) y debo reconocer que un halo de oscuridad empaña mis memorias. Y en el mismo instante en que estoy a punto de bajonear el resto de las horas que me quedan hasta levantar nuevamente el ánimo (una nunca sabe cuánto demorará ello), nos encontramos en una esquina del Cabildo preguntándonos por una parada de colectivo. Cabe aclarar que Natalia es de zona oeste y la otra, que vendría siendo yo misma, de zona sur devenida a otra zona sur. Y ninguna muy ubicada en tiempo y espacio. Listo. De esta manera, el halo de oscuridad sigue su marcha para instalarse en algún otro rostro cuyo apuro no lo interpele.

18.00 o algo así. Ya sola, regreso unos pasos hacia una cafetería abierta. Somos pocos y el mozo no es un nativo; ni siquiera un hermano latinoamericano. Sin embargo, entiende perfectamente mi “Cortado con dos medialunas de manteca”. Aunque él aclara, “Combo 1” y luego de asentir pienso que todo se ha macdonalizado con una avidez espantosa. ¿En qué momento fue que comenzamos a aspirar a ello como sociedad? ¿Cuándo fue que creímos que “Combo 1” puede reemplazar al gesto de la mano que dice café, o al pedido verbal de “jarrito cortado”, palabras que me suenan deliciosamente a mis oídos, y que sientan las bases de la estética capitalina? De las ocho personas que habitamos el local, siete se encuentran absorbidas por sus actividades, y que no son justamente el reflexionar sobre estas cuestiones: el mozo y el cajero, cuyos sustantivos concretos ya dan una idea de sus entretenimientos; el vecino al lado mío lee el diario (probablemente del local) con suma atención (¿qué habrá encontrado allí?); tres hombres conversan afanosamente en una mesa repleta de tazas de infusiones anteriores y papeles; una pareja que se da la manito pero sin entusiasmo y, de hecho, ni se miran siquiera. Paren un minuto: eso hace que se sume uno a la totalidad de los presentes, siendo entonces ocho los entretenidos, mientras que yo, la novena, pispeo de coté a los cohabitantes del recinto. Luego, me aboco a hacer alguna bobada con el teléfono y saco esta foto para Vero.

El café en la espera.


Se hicieron las 19.00. Es mi apuro estar en Plaza de Mayo, donde me encontraré con Felipe. Llego minutos antes de que suenen las campanas (me sorprendieron, así que desconozco de dónde provenían) y de que un hombre grite con apocalíptica energía “hoy, jueves cuatro de junio de dosmilquince anuncio que el nuevo presidente de la república argentina es daniel scioli”. Un escalofrío circula por mi espina dorsal. Analizo más o menos con cierta rapidez (o lo que me pareció tal) dónde sentarme. Hay que considerar algunas variables: una, la oscuridad formada por la hora del día más la poca y mala iluminación que tiene la plaza; dos, que Felipe, desde donde sea que llegue, me pueda ver; tres, evitar el posible acoso de cualquier transeúnte masculino que se cree con derecho a observar cualquier pelotudez sobre mi aspecto o presuponer que quiero conversar con un completo extraño en el contexto que acabo de explicar. Imposible, hay que asumirlo. De las tres variables, la última no se cumplió. Un hombre con una botella plástica de fernécola en su mano se acerca a comentarme algo, mientras que en mis fueros íntimos me pregunto en qué fallé. Tenemos una escueta conversación sobre sus pronósticos futuristas: es el mismo que antes había anunciado la llegada sciolesca a la arena presidencial, y considera que nadie cree en sus anuncios porque es un hombre “en situación de calle”. Es posible, la gente es bastante prejuiciosa cuando ve a un hombre sucio, gritando, con un fernécola plástico en la mano. Llegan otros amigos del susodicho, y aprovecho el entretenimiento para escabullirme –es algo que me sale bastante bien, por cierto.


La plaza esa noche.
19.15 aun en la plaza. Felipe se atrasó y espero frente a la boca del subte, pero aparece al segundo. Charlando sobre clases de piano, alguna presentación física sobre un malestar que lo aqueja cada tanto (y por eso tomará un té), Montevideo y otros largos etcéteras que no pasaré a describir para respetar el PCTA (Pacto de Confidencialidad Tácito entre Amigos). Así, por ello, este segmento se saltea algunas cuestiones y va directo hacia el siguiente.



20.20 en el 22. Información brindada por mi Guía T en papel. Aclaro este punto porque “ciertas personas” que no revelaré para respetar el PCTA y el aún más difícil de pronunciar PCTF (Pacto de Confidencialidad Tácito entre Familia), consideran que la guía en papel es una antigüedad. Y se ríen. Blasfemos, que desconocen los privilegios de un papel que puede marcarse y colmarse de recuerdos y experiencias (bordes de tazas de café, una línea roja hecha con marcador que luego te confunde el paso del subte, una hoja arrancada por algún apuro y los dobleces propios de viajar en mochila a diario, son algunos ejemplos). El papel, si no te lo olvidás, está siempre. No así un dispositivo de interné. Bueno, como sea, viajamos en el colectivo mientras conversamos de las diferencias entre lo racional y lo emocional, y qué sucede cuando una u otra prevalece más en la vida de algún individuo… dos modernos, bah.

21.00 reciénllegados. La puerta del Torcuato Tasso nos crea un brillo de nerviosismo en nuestras sienes. Intentamos entretenernos hablando de ropa vintage, pero es un tema que ninguno de los dos puede/sabe/le interesa profundizar. Ergo, sólo queda sudar sutilmente y deleitarnos imaginando ese futuro inmediatísimo en donde estaremos sonriendo con Fer (es decir, Fernando Cabrera). En la puerta, entregamos lo necesario para acceder a un concierto en un país sumado y sumergido en un sistema capitalista que todolovende a gente dispuesta a todocomprarlo. Y, tal como sucede tras el éxito de esas transacciones, entramos. Un mozo nos lleva a una mesa de-dos bastante alejada, sobre todo considerando los anteojos que cada uno de nosotros transportamos sobre nuestras narices. Dos opciones son posibles, o el mozo no se dio cuenta de ello, o no le importó. Como sea, ahí nos deja con dos cartas para seguir consumiendo, alrededor de una mesa donde pasaríamos algunas horas. Mientras esperábamos una picada con cerveza, tomé unas dos fotos, para ilustrar este momento y tuvimos otra serie de conversaciones que bajo el PCTA se irán conmigo a la tumba.

Don Felipe.


Barra del Torcuato Tasso.


21 y pico; o acaso 22.00. Desconozco con certeza el horario en que las luces se apagaron y me acomodé en mi silla para observar la llegada de Fer. Discreto como siempre, con ese halo de timidez, sube al pequeño escenario con su guitarra, se sienta en una de esas sillas altas y, micrófono cerca, da comienzo a su recital. Después de allí, todo transcurre entre sonrisas, músicas bienrecibidas por los espectadores y poesía. ¿Y saben qué? Llego a la conclusión de que Fer y Vero (mi querida amiga a quien le dedico todas estas letras) tienen algo en común: el gusto por compartir la belleza de mundo.





Así que cierro está pequeña crónica con una moraleja (quién lo diría), que ahí va: Estén atentos, simples mortales, no vaya a ser que se pase un compartidor de bellezas por tus narices y lo dejes pasar. 

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