Me he enamorado
de esa casa: son de esas que tienen nombre, y el suyo es La Catalina. La
primera vez que pasé por su frente me imaginé en ese parque, entre muchos
perros, revisando las plantas, escribiendo estas boludeces en su zaguán. Como está
cerca de nuestra actual casa, en ocasiones me desvío de los caminos que
habitualmente recorro (para ir al supermercado, a la panadería, a la
estación…), paso frente a sus rejas y la contemplo desde el exterior. Siento
que nací para habitar ese lugar.
Imagino las
diferentes familias que la transitaron como escenario: la cantidad de pasos que
habrán recorrido sus baldosas, cuántas veces habrán llorado dentro, qué comidas
habrán cocinado, qué sonido telefónico retumbaba, cuántas otros ojos
contemplaron su césped, pensando que era hora de darle una cortada.
Parque.
Seguramente
yo no la compre jamás; y seguramente quien lo haga sólo aproveche sus “20x50”
que anuncia el cartel de venta, y construya allí alguna construcción propia de
las “nuevas demandas edilicias”, tan ajenas a la belleza que le ha tocado en
gracia. Seguramente quien la compre no comprenda su maravilla ni sus
claroscuros. Tal como Donata Suárez, es
una diosa pagana hasta cuando va de misa.
¿Cuántas
infinitas opciones de sucesos podrían transcurrir en ese fondo vidriado, que en
su interior debe sentirse fresco, vegetal y luminoso? ¿Qué ruidos me
despertarían de noche? ¿Qué animales se esconderán entre sus paredes? Mientras,
sólo puedo respirar su vereda y sumergirme en ella desde la imaginación… No hay
nada que hacer: me he enamorado de esa casa.
Eso es lo que tengo hoy: un día de
mierda. No cabe una palabra más refinada, ni buscar en el diccionario una
terminología alternativa para “embellecer” el relato.
Es que mi estado sería el de no
tolerancia. ¿Qué me pasa? Simple y horrorosamente que no soporto nada ni nadie.
Ese es mi día. Todo lo que hasta ayer me molestaba, hoy me prende fuego. Y todo
lo que hoy sucede me invita drásticamente a encontrarle su lado de infumabilidad.
“Nada te tuve, nada te espante, todo
se pasa…” Bla bla bla bla: hoy no funcionan ni rezos, ni velas, ni
razonamientos, ni paseos al sol. Mi humor permanece constante e inalterable en
la inmutabilidad de la cara rectal.
Trataré de no salir para no
descarrilar de bronca con los ajenos, ni consumir nada diferente a lo habitual
que me pueda caer mal (ya me veo enojada y encima con gases). La bronca es una
batalla que debe librarla una en sí y para sí misma. Seré fuerte y
perseverante, me inmolaré sola por no desparramar esta injustificada casi-ira al
mundo.
Cara rectal.
Lástima los que hoy viven conmigo.
Trataré de ser prácticamente muda y no utilizar el lenguaje físico con ellos.
No deberé olvidarlo en las posibles doce horas que me queden de despierta (con
suerte, y siesta mediante, menos). Ni una ceja levantada, ni un dedo índice en
alto. Verificaré el volumen del tono de mis enunciaciones, minuto a minuto.
Vamos vamos, fuerza Suárez Ortega.
Ilustración de Alberto Montt sobre poesías de Vicente Huidobro.
Algo mareada de un dolor de espalda
que evita la retirada, despierto pensando en algo que dije anoche: “ya no estoy
de luto”. Y lo digo desde el cuerpo
todo, desde una mente aclarada (dentro de los patrones de posibilidad que
dispongo) y días en los cuales invento razonamientos para levantarme con ánimo.
En un hermoso libro, Butler afirma
que “Y si hemos perdido [a alguien], se deduce entonces que algo
tuvimos, que algo amamos y deseamos, que luchamos por encontrar las condiciones
de nuestro deseo.” Cuando eso que amamos son los padres (o quienes hicieron las
veces de ellos), pareciera que se produce una sensación ambivalente, en la cual
recordarlos nos da un halo de felicidad, al mismo tiempo que una tristeza
infinita.
Ellos.
¿Cuáles de esos recuerdos me constituyen
como Paola? ¿Y qué otros que quizás jamás recuerde conscientemente y que, sin
embargo, estarán aquí, en mi cuerpo emocional, siempre presentes? No es que
quiera recordarlo todo (no creo que sobreviviera a ello), sino que no puedo
evitar pensarlo, como una esquina oscura en la casa a la que, sin encender la
luz, nos acercamos para develar.
Su letra, encontrada en un papel entre libros.
A pesar de que hace tiempo han
muerto, ayer me experimenté a mí misma, por primera vez, como de no-luto. Y
siento un dolor más tenue, asociado a la felicidad que me produce recordar a
los dos adultos que de niña me protegieron como una hija, sin serlo. Supongo
que ahora me daré otras oportunidades, y que serán otros tiempos. Lo comparto
con ustedes.
“Estamos hechos de historias”. La mía
de hoy es una más bien sencilla. Me encuentro incorporándome temprano, muy
temprano. En esos horarios una no comprende muy bien cómo, pero llegás a
cambiarte, renovar la vejiga con el primer orín de la mañana, lavarte los
dientes, embocarle a dos calzados del mismo par, y quizás, desayunar. Como
verán no menciono el hecho de maquillarse y peinarse porque son dos actividades
completamente ajenas a mi conocimiento experiencial, y temo caer en
imprecisiones o acaso mentiras que luego alguien denuncie por este u otro medio.
Entre estas actividades matinales, yo
tengo un par más que realizo casi mecánicamente, y en el orden aquí detallado:
observo los platos de comida de los felinos, les limpio su “baño” y me procedo
a lavar las manos y la cara (para luego realizar todo lo detallado en el
párrafo anterior: “…cambiarte, renovar la
vejiga con el primer orín de la mañana, lavarte los dientes, embocarle a dos
calzados del mismo par, y quizás, desayunar” (Suárez Ortega, 2015: 1). Verán
lo minuciosas y organizadas que llevo mis actividades casi maquínicas de las
mañanas, puesto que hago todo eso antes
de preparar el desayuno. Soy casi una kantiana-matinal-no-declarada.
Mimetizándonos con Kant.
Entre esas actividades de esta mañana
temprano, muy temprano, paso a la fase “limpieza de manos y cara” y algo falla:
he pretendido asearme como una persona despabilada cuando claramente no lo
estaba. Y aclaro esto último porque ya sabemos que alguien no muy despabilado
comete altercados, por la falta de precisión que ocasiona el no estar tan
atento. Ojo, tampoco es que en general observe que la gente anda por la vida
despabiladísima, pero hay un cierto porcentaje que debe manejarse como para no
caer en el constante ridículo… (el cual debería analizar con un poco más de
cuidado y por eso no paso a precisar –no se pueden dar datos precisos al
tun-tún).
Campo de conflicto.
Bueno, ya van trescientascatorce
palabras y nunca conté el suceso. Es evidente que la capacidad de síntesis no
es mi fuerte y, si sigo a Mariano, quien aconseja escribir poco para que todos
lean y no se aburran, entonces lo dejo pa´mañana…
Moraleja de hoy: querés contar una
boludez que te pasó a la mañana, andá al grano.
A eso se reduce una desafortunada
fotografía. Todo se enmarcaba en el contexto de la cotidianeidad de casi
cualquier feisbuquero: fotos de un cumpleaños, alguien abrazado a otro, una de
esas personas (yo, en este caso) inclinando su cuerpo a efectos
de “entrar en el cuadro”, y algo sucede: una parte de mi cuerpo insinúa una
juzgable no-delgadez. ¿Qué sucede con lo que no se controla en la imagen? Clap, cae el martillo (sí, es el sonido
de un martillo) y dictamina sentencia.
Chupando la bombilla.
Obsérvese la papada.
No me incluyo dentro del conjunto de quienes
atienden a su mejor perfil fotográfico, y desconozco completamente de acciones
tales como peinarse o arreglarse cuando se les insinúa la posibilidad de ser
inmortalizados en un retrato. En mi caso, miro a la cámara y gesticulo: muestro
los dientes, sonrío o realizo alguna morisqueta que el contexto me motive a
hacer. Todas estas opciones, sin demasiado recato. Pues mal hecho.
Masticando.
Se condena a la mina que no posa, a
la que no se preocupa por su estética del modo que deberíahacerlo una mujer.
Sí, salí gorda, ¿¡y qué!? Pues pasa que sólo hay dos opciones: o estás
embarazada o estás comiendo como si fuera el día previo al juicio final. Las posibilidades
aún son dicotómicas, mal que les pese a los postmodernos. Pero con eso no es
suficiente: hay que visibilizarlo para darle entidad. Se nos comenta si salimos
de lo pior. Pero ojo, que siempre
puede haber algo peor…
Hace
dos días decidí jugar con este cordón. Me tenté: no tenía la punta, así que me
resultaba más fácil mordisquearlo libremente, sin andar escupiendo ese resto
plástico o, peor aún, correr el riesgo de tragármelo. He probado otros y tienen
cierto sabor insípido y, a veces, hasta sucio. Creo que el problema radica en
que hay grandes posibilidades de que las puntas se arrastren por pisos públicos
y calles, se mojan en los charcos y se afectan de las porquerías que quedan
debajo de la cama. Un asco, y por eso las evito.
Entiendan
que gozo de cierta pulcritud que me brindó la Madre Naturaleza. No estoy
atravesado por temas de horarios y sus cuestiones (no sé cuáles son, pero
seguro que siempre implican varios y potenciales inconvenientes), y creo que
eso me ha dado la posibilidad de higienizarme indiscriminadamente, y por placer (una palabra tan
desafortunada para la humanidad toda).
Como
les decía, evito los cordones en líneas generales. Sin embargo, en este caso,
hablo de un cordón limpio, recién
lavado y secado. Olía bien. Y ello lo
bañó de cierto tinte… cómo decirlo… juguetón. Aunque tampoco quería tener
problemas con la propietaria del mismo, resultaba inspiradora su cercanía. Así
que después de observarlo atentamente, me dije a mí mismo: “simplemente es un objeto”,
y, considerando que mi mordisqueada sólo incidiría en un veinte o veinticinco
por ciento de un cordón bastante más largo que lo necesario para ese calzado en
el cual estaba ubicado, me animé a hincarle el diente.
17.30 pasadas. Salida de curso al
que por primera vez desde mi estadía en Buenos Aires lamento haber ido. Nos
miramos con Natalia (otra de las víctimas) y coreamos un cierto “ahhhh” de
desaliento e indignación. Ello me trae recuerdos de Capusotto y un sketch (dioses, ¿se seguirá diciendo
así?) de un hombrecillo con cabello peinado de un modo peculiar que no podía
decidir desde las cosas más comprensibles hasta las más nimias. Dado que no hay
relación entre mi caso y el hombrecillo de extraño cabello, me pregunto si
acaso no tendré yo alguna cuestión que no pueda decidir –más allá del curso,
claro. Pienso en una serie de cosas (tengo cierta tendencia a pensar muchas
juntas) y debo reconocer que un halo de oscuridad empaña mis memorias. Y en el
mismo instante en que estoy a punto de bajonear el resto de las horas que me
quedan hasta levantar nuevamente el ánimo (una nunca sabe cuánto demorará
ello), nos encontramos en una esquina del Cabildo preguntándonos por una parada
de colectivo. Cabe aclarar que Natalia es de zona oeste y la otra, que vendría
siendo yo misma, de zona sur devenida a otra zona sur. Y ninguna muy ubicada en
tiempo y espacio. Listo. De esta manera, el halo de oscuridad sigue su marcha
para instalarse en algún otro rostro cuyo apuro no lo interpele.
18.00 o algo así. Ya sola,
regreso unos pasos hacia una cafetería abierta. Somos pocos y el mozo no es un
nativo; ni siquiera un hermano latinoamericano. Sin embargo, entiende
perfectamente mi “Cortado con dos medialunas de manteca”. Aunque él aclara, “Combo
1” y luego de asentir pienso que todo se ha macdonalizado con una avidez
espantosa. ¿En qué momento fue que comenzamos a aspirar a ello como sociedad?
¿Cuándo fue que creímos que “Combo 1” puede reemplazar al gesto de la mano que
dice café, o al pedido verbal de “jarrito cortado”, palabras que me suenan
deliciosamente a mis oídos, y que sientan las bases de la estética capitalina?
De las ocho personas que habitamos el local, siete se encuentran absorbidas por
sus actividades, y que no son justamente el reflexionar sobre estas cuestiones:
el mozo y el cajero, cuyos sustantivos concretos ya dan una idea de sus
entretenimientos; el vecino al lado mío lee el diario (probablemente del local)
con suma atención (¿qué habrá encontrado allí?); tres hombres conversan
afanosamente en una mesa repleta de tazas de infusiones anteriores y papeles;
una pareja que se da la manito pero sin entusiasmo y, de hecho, ni se miran
siquiera. Paren un minuto: eso hace que se sume uno a la totalidad de los
presentes, siendo entonces ocho los entretenidos, mientras que yo, la novena,
pispeo de coté a los cohabitantes del recinto. Luego, me aboco a hacer alguna
bobada con el teléfono y saco esta foto para Vero.
El café en la espera.
Se hicieron las 19.00. Es mi
apuro estar en Plaza de Mayo, donde me encontraré con Felipe. Llego minutos antes de que suenen las campanas
(me sorprendieron, así que desconozco de dónde provenían) y de que un hombre
grite con apocalíptica energía “hoy, jueves cuatro de junio de dosmilquince
anuncio que el nuevo presidente de la república argentina es daniel scioli”. Un
escalofrío circula por mi espina dorsal. Analizo más o menos con cierta rapidez
(o lo que me pareció tal) dónde sentarme. Hay que considerar algunas variables:
una, la oscuridad formada por la hora del día más la poca y mala iluminación
que tiene la plaza; dos, que Felipe, desde donde sea que llegue, me pueda ver;
tres, evitar el posible acoso de cualquier transeúnte masculino que se cree con
derecho a observar cualquier pelotudez sobre mi aspecto o presuponer que quiero
conversar con un completo extraño en el contexto que acabo de explicar. Imposible,
hay que asumirlo. De las tres variables, la última no se cumplió. Un hombre con
una botella plástica de fernécola en su mano se acerca a comentarme algo, mientras
que en mis fueros íntimos me pregunto en qué fallé. Tenemos una escueta
conversación sobre sus pronósticos futuristas: es el mismo que antes había
anunciado la llegada sciolesca a la arena presidencial, y considera que nadie cree
en sus anuncios porque es un hombre “en situación de calle”. Es posible, la
gente es bastante prejuiciosa cuando ve a un hombre sucio, gritando, con un
fernécola plástico en la mano. Llegan otros amigos del susodicho, y aprovecho
el entretenimiento para escabullirme –es algo que me sale bastante bien, por
cierto.
La plaza esa noche.
19.15 aun en la plaza. Felipe se
atrasó y espero frente a la boca del subte, pero aparece al segundo. Charlando
sobre clases de piano, alguna presentación física sobre un malestar que lo
aqueja cada tanto (y por eso tomará un té), Montevideo y otros largos etcéteras
que no pasaré a describir para respetar el PCTA (Pacto de Confidencialidad
Tácito entre Amigos). Así, por ello, este segmento se saltea algunas cuestiones
y va directo hacia el siguiente.
20.20 en el 22. Información
brindada por mi Guía T en papel. Aclaro
este punto porque “ciertas personas” que no revelaré para respetar el PCTA y el
aún más difícil de pronunciar PCTF (Pacto de Confidencialidad Tácito entre
Familia), consideran que la guía en papel es una antigüedad. Y se ríen.
Blasfemos, que desconocen los privilegios de un papel que puede marcarse y
colmarse de recuerdos y experiencias (bordes de tazas de café, una línea roja
hecha con marcador que luego te confunde el paso del subte, una hoja arrancada
por algún apuro y los dobleces propios de viajar en mochila a diario, son
algunos ejemplos). El papel, si no te lo olvidás, está siempre. No así un
dispositivo de interné. Bueno, como sea, viajamos en el colectivo mientras
conversamos de las diferencias entre lo racional y lo emocional, y qué sucede
cuando una u otra prevalece más en la vida de algún individuo… dos modernos,
bah.
21.00 reciénllegados. La puerta
del Torcuato Tasso nos crea un brillo de nerviosismo en nuestras sienes. Intentamos
entretenernos hablando de ropa vintage,
pero es un tema que ninguno de los dos puede/sabe/le interesa profundizar.
Ergo, sólo queda sudar sutilmente y deleitarnos imaginando ese futuro
inmediatísimo en donde estaremos sonriendo con Fer (es decir, Fernando Cabrera).
En la puerta, entregamos lo necesario para acceder a un concierto en un país
sumado y sumergido en un sistema capitalista que todolovende a gente dispuesta
a todocomprarlo. Y, tal como sucede tras el éxito de esas transacciones,
entramos. Un mozo nos lleva a una mesa de-dos bastante alejada, sobre todo
considerando los anteojos que cada uno de nosotros transportamos sobre nuestras
narices. Dos opciones son posibles, o el mozo no se dio cuenta de ello, o no le
importó. Como sea, ahí nos deja con dos cartas para seguir consumiendo,
alrededor de una mesa donde pasaríamos algunas horas. Mientras esperábamos una
picada con cerveza, tomé unas dos fotos, para ilustrar este momento y tuvimos
otra serie de conversaciones que bajo el PCTA se irán conmigo a la tumba.
Don Felipe.
Barra del Torcuato Tasso.
21 y pico; o acaso 22.00.
Desconozco con certeza el horario en que las luces se apagaron y me acomodé en
mi silla para observar la llegada de Fer. Discreto como siempre, con ese halo
de timidez, sube al pequeño escenario con su guitarra, se sienta en una de esas
sillas altas y, micrófono cerca, da comienzo a su recital. Después de allí,
todo transcurre entre sonrisas, músicas bienrecibidas por los espectadores y poesía.
¿Y saben qué? Llego a la conclusión de que Fer y Vero (mi querida amiga a quien
le dedico todas estas letras) tienen algo en común: el gusto por compartir la
belleza de mundo.
Así que cierro está pequeña
crónica con una moraleja (quién lo diría), que ahí va: Estén atentos, simples
mortales, no vaya a ser que se pase un compartidor de bellezas por tus narices
y lo dejes pasar.