Hace
dos días decidí jugar con este cordón. Me tenté: no tenía la punta, así que me
resultaba más fácil mordisquearlo libremente, sin andar escupiendo ese resto
plástico o, peor aún, correr el riesgo de tragármelo. He probado otros y tienen
cierto sabor insípido y, a veces, hasta sucio. Creo que el problema radica en
que hay grandes posibilidades de que las puntas se arrastren por pisos públicos
y calles, se mojan en los charcos y se afectan de las porquerías que quedan
debajo de la cama. Un asco, y por eso las evito.
Entiendan
que gozo de cierta pulcritud que me brindó la Madre Naturaleza. No estoy
atravesado por temas de horarios y sus cuestiones (no sé cuáles son, pero
seguro que siempre implican varios y potenciales inconvenientes), y creo que
eso me ha dado la posibilidad de higienizarme indiscriminadamente, y por placer (una palabra tan
desafortunada para la humanidad toda).
Como
les decía, evito los cordones en líneas generales. Sin embargo, en este caso,
hablo de un cordón limpio, recién
lavado y secado. Olía bien. Y ello lo
bañó de cierto tinte… cómo decirlo… juguetón. Aunque tampoco quería tener
problemas con la propietaria del mismo, resultaba inspiradora su cercanía. Así
que después de observarlo atentamente, me dije a mí mismo: “simplemente es un objeto”,
y, considerando que mi mordisqueada sólo incidiría en un veinte o veinticinco
por ciento de un cordón bastante más largo que lo necesario para ese calzado en
el cual estaba ubicado, me animé a hincarle el diente.


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