martes, 9 de junio de 2015

Sin problemas de tiempo

Hace dos días decidí jugar con este cordón. Me tenté: no tenía la punta, así que me resultaba más fácil mordisquearlo libremente, sin andar escupiendo ese resto plástico o, peor aún, correr el riesgo de tragármelo. He probado otros y tienen cierto sabor insípido y, a veces, hasta sucio. Creo que el problema radica en que hay grandes posibilidades de que las puntas se arrastren por pisos públicos y calles, se mojan en los charcos y se afectan de las porquerías que quedan debajo de la cama. Un asco, y por eso las evito.

Entiendan que gozo de cierta pulcritud que me brindó la Madre Naturaleza. No estoy atravesado por temas de horarios y sus cuestiones (no sé cuáles son, pero seguro que siempre implican varios y potenciales inconvenientes), y creo que eso me ha dado la posibilidad de higienizarme indiscriminadamente, y por placer (una palabra tan desafortunada para la humanidad toda).

Como les decía, evito los cordones en líneas generales. Sin embargo, en este caso, hablo de un cordón limpio, recién lavado y secado. Olía bien. Y ello lo bañó de cierto tinte… cómo decirlo… juguetón. Aunque tampoco quería tener problemas con la propietaria del mismo, resultaba inspiradora su cercanía. Así que después de observarlo atentamente, me dije a mí mismo: “simplemente es un objeto”, y, considerando que mi mordisqueada sólo incidiría en un veinte o veinticinco por ciento de un cordón bastante más largo que lo necesario para ese calzado en el cual estaba ubicado, me animé a hincarle el diente. 

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